lunes, 16 de marzo de 2009

Para el que se anime

Bueno, aquí les dejo un ensayo de filosofía que hice para un ramo. Es bien largo y quizás a la mayoría le de lata. Pero nunca antes escribí algo con tanto cuidado y dedicación, y además, creo que es accesible para (casi) todo el mundo., y sirve para sacarlo a uno un poco de sus preocupaciones habituales. Le prometo al que lo lea que lo hará reflexionar más que leer a Cohelo o "El Secreto" (Para el que todavía lee esas cosas: supere la prueba. Los libros de auto-ayuda solo ayudan a su autor..... a hacerse rico, claro)

Lo asombroso y lo cotidiano



Introducción al asombro


Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.”(Franz Kafka, la Metamorfosis)

Con estas palabras se inicia la pesadilla que Franz Kafka dibuja en “La Metamorfosis”. En ella, la transformación es sólo el comienzo de la obra. Luego de saberse insecto, Gregorio Samsa pretende continuar con su vida, acudir al trabajo y de alguna forma, convivir de manera natural con la nueva situación. La fuerza de los hechos, sin embargo, demostrará ser más fuerte, y al cabo de las horas y los días, tanto él como su familia asumen que la nueva naturaleza de Gregorio, requiere de ciertos ajustes a la forma de vida que hasta el momento todos habían llevado. Pero hay algo que nos llama la atención en el libro —ya desde los primeros párrafos— y es que el asombro que tanto para el protagonista como para sus cercanos debiese haberse hecho profundo y prolongado (después de todo se había convertido en un bicho) dura muy poco, o es de hecho inexistente. Pues, tras un superficial “¿qué me ha pasado?” la primera preocupación del protagonista esa mañana, es acudir al trabajo, luego le interesan las reacciones de su familia, después su comodidad y por último, nada más que su supervivencia.
Dicha imposición de la cotidianeidad por sobre el asombro es un fenómeno que, como nos afecta como seres humanos de manera habitual, por mucho que nuestra situación al despertar, no sea la de vernos convertidos en alguna horrible criatura. Porque en realidad, la circunstancia de –cada mañana- saberse humano, saberse un yo no es −como veremos− muy diferente de la de reconocerse una cucaracha. Y nuestra reacción al respecto no es distinta de la de Gregorio Samsa; vale decir, hacemos primar la cotidianeidad por sobre el asombro. Pero ¿qué es lo cotidiano? el diccionario de la Real Academia define cotidiano sencillamente como “diario”[1]. En ese sentido, y dándole un carácter metafísico a aquello, podemos decir que hacer primar lo cotidiano implica preocuparse solamente de lo más inmediato y emergente, tomando así las preocupaciones del día a día como las únicas existentes. Cualquier reflexión que vaya un poco más allá de dichas preocupaciones habituales se considerará vana, inútil, bizantina. El concepto de cotidianeidad será, en todo caso, especificado más adelante al referirnos a “la caída” en las cosas. Valga por el momento señalar solamente que la imposición de la cotidianeidad es el rechazo a la filosofía, que nace de su actitud contraria: el asombro ante el absurdo de la existencia.
Vamos a tomar entonces “La Metamorfosis” como si fuera lo siguiente: Un cierto experimento de Kafka que consiste en pensar lo más absurdo que a un hombre pueda ocurrirle un día en la mañana. Y que demuestra, que a pesar de lo absurdo de la situación, un hombre cualquiera rechazará lo inverosímil y se aferrará con fuerza a sus pocas certezas y compromisos. El experimento viene así a enseñarnos que aún en las situaciones más extremas, la tendencia natural del ser humano es alejarse del asombro y aferrarse a lo cotidiano. Es, en ese sentido, una cierta refutación a la metafísica naturalis de Aristóteles, pero no en el plano de la argumentación, si no solamente mediante un contraejemplo poderoso. Veremos más adelante, si tal escape al asombro es en realidad posible.

La caída en lo cotidiano

Habíamos señalado que nuestra situación como seres humanos, no es en lo esencial diferente a la de Gregorio Samsa en la mañana en la que se despertó convertido en un insecto. Esa es una afirmación que, por cierto, requiere ser justificada, que es lo que en lo sucesivo se intentará.
El asombro es la reacción natural del hombre frente al absurdo. Y el absurdo en general nace de la contradicción que se da entre una acción y el mundo que la supera (Cf. Camus, 1953, p.32). Así, podemos decir que la vida humana es absurda “porque ignoramos las dudas que sabemos que no podemos aclarar, y continuamos viviendo con una seriedad casi intacta a pesar de éstas” (Nagel, 1981, p.37) Lo que hace absurda a nuestra existencia es poseer, por un lado, una pretensión o casi necesidad de explicar el mundo, pero por otra parte, saber que no contamos con las herramientas para tal tarea, y que eso hace del mundo algo inexplicable e irracional. En palabras de Camus: “Pero lo que resulta absurdo es la confrontación de ese irracional (el mundo) y ese deseo desenfrenado de claridad cuyo llamamiento resuena en lo más profundo del hombre” [2](Camus, 1953, p.26). Podemos entonces ver el absurdo como una ecuación en la que concurren dos factores: tenemos por una parte la expectativa de comprender el mundo y su sentido, pero por otra parte tenemos una realidad que aunque nos da ciertas certezas, se muestra en última instancia como misteriosa e inescudriñable. En “La Metamorfosis” observamos que uno de los factores de la ecuación ha sido exacerbado. Pues si la realidad es ya de suyo inexplicable, el hecho de convertirse en bicho la hace aún peor. Entonces, como una forma de eludir el absurdo, Gregorio Samsa olvida su afán omnicomprensivo y se refugia en lo cotidiano.
Tal rechazo a lo asombroso, ha sido llamado por Heidegger la “caída del Dasein” (Heidegger, 1997, p.98)[3]. Esto implica que a pesar de que existe un yo enfrentado al mundo, a pesar de que ese yo posee una libertad que es un barco con timón pero sin destino, y a pesar de que, en suma, la pregunta de Leibniz: ¿Por qué hay el ente y no, más bien, la nada? (Leibniz en Rivera 1999, p. 58) quede del todo sin resolver; a pesar de todo eso, digo, el hombre prefiere refugiarse en lo cotidiano, en lo óntico como diría Heidegger, en tal obligación de mañana, el almuerzo de hoy, el programa televisivo de la noche o cualquier otra preocupación más o menos cercana. En el caso en cuestión, la caída en lo cotidiano es aún más palpable, puesto que la primera preocupación de Samsa esa mañana no es ¿por qué me he convertido en un insecto? si no ¿cómo hago para levantarme y llegar al trabajo?
Y nos preguntamos entonces ¿por qué a pesar de lo absurdo de nuestra situación nos aferramos a lo cotidiano? Para Heidegger: “La presunción del uno de alimentar y dirigir la vida plena y auténtica procura al Dasein una tranquilización para la cual todo está en perfecto orden” (Heidegger, 1997, p.200). Vale decir, el rechazo a lo asombroso le procura al yo una sensación de tranquilidad y de control. El mundo parece ser un universo explicable, o más bien explicado del todo, en el cual el sujeto tiene claro en apariencia de donde viene y hacia adonde va. A fin de cuentas, el Universo de Gregorio Samsa se ve reducido a su situación actual, y a las posibilidades que ella conlleva. Su existencia se ve cercada, con el fin de no tener que preguntarse mucho por las circunstancias en las que se encuentra. Entonces aquello que es de suyo misterioso queda fuera de cuestionamientos para evitar que se agiten las aguas. Ese universo cerrado y en apariencia perfecto es lo que hemos denominado lo cotidiano. Por lo mismo, la reflexión acerca de la metamorfosis, al considerarse un problema que queda más allá de lo estrictamente cotidiano, no llega a verificarse. Y una vez rechazado el asombro, sólo queda –para Heidegger- una curiosidad superficial, que busca solamente la novedad por la novedad misma. El hombre se torna así, un ser alienado de su verdadera realidad.

El problema de la alienación

Respecto a lo que hemos dicho, surge una interrogante del todo relevante, esta es: ¿cuál es el problema de la visión netamente cotidiana? Ya hemos visto que tal actitud es bastante natural porque nos otorga una cierta tranquilidad, y hemos visto además, que aunque solo de manera aparente, pone las cosas en un relativo orden. Todo se hace al parecer, claro y distinto, todas las interrogantes profundas se encuentran respondidas, o no alcanzan siquiera a ser planteadas. Entonces ¿Cuál es el problema de todo ello? Pues gracias a esa actitud Gregorio Samsa puede mantenerse tranquilo y sereno, aún en la desconcertante situación en la que se encuentra; y así mismo, el hombre en general, al no cuestionarse lo que no es capaz de comprender puede llegar a tener una vida más plena que la que tendría si se preocupara por estos asuntos.
Podría responderse que lo negativo de dicha actitud es que el orden del mundo, el control, es una mera apariencia. Vale decir, no conocemos las respuestas a las interrogantes profundas del mundo pero estamos en realidad engañados por una ilusión, que nos hace creer que sí las conocemos. Así, lo negativo de la visión meramente cotidiana sería el hecho de que vivimos en la ilusión de que comprendemos el mundo, pero esto no es real.
Sin embargo podría atacarse a su vez tal argumento diciendo que en realidad en sí mismo, el engaño no es del todo pernicioso. Gregorio Samsa no se cuestiona el hecho de haberse convertido en insecto, y justamente por ello, no le angustia el haberse transformado, vive su vida con calma y tranquilidad —dentro de lo posible— y esa calma es lo que le salva de la desesperación. Es en definitiva una bendita ignorancia. Y el hecho de estar engañado, o alienado puede para alguien ser ontológicamente impropio de un ser humano, y a los grandes filósofos puede incluso repugnarle, pero en última instancia, no nos daña o mejor dicho, nos libera de preocupaciones. Así ¿no será quizás lo más sensato tomar la actitud de Gregorio Samsa? ¿No será mejor seguir engañado por las sombras de la caverna antes que despertar a la dura realidad?

La muerte: reaparición de lo asombroso

El mundo de lo cotidiano puede ser más cómodo, pero en estricto rigor, no es posible para el hombre vivir siempre acotado a él. Esto ocurre porque lo absurdo tiene una manera insalvable de presentarse en nuestras vidas: la muerte. Así, por mucho que yo rechace las reflexiones filosóficas de todo tipo, por mucho que me aferre como un perro de presa a la cotidianeidad, y no desee jamás mirar un poco sobre ella, tarde o temprano me voy a ver enfrentado a la reflexión acerca de mi propia muerte. Porque como dice Sartre, la muerte es a fin de cuentas el triunfo de lo absurdo: “Es absurdo que hayamos nacido, es absurdo que muramos (Sartre 1966, p. 668) Y dicho triunfo, es ante todo inexplicable pero también ineludible. Así, el horizonte de lo cotidiano, a pesar de ser un mundo cerrado en sí mismo tiene una grieta por la cual parece escapársele el sentido. En efecto, como habíamos señalado anteriormente, la exclusiva preocupación por la cotidianeidad le provee al yo un universo explicado, en el cual lo absurdo no tiene ya cabida. Pero no obstante aquello, la reflexión acerca de la propia muerte logra introducirse en ese horizonte de lo cotidiano, porque posee un doble cariz: es por un lado la puerta hacia lo asombroso, pero es por otro lado, una preocupación cotidiana.
Y así, si he de reflexionar la muerte, he de reflexionar la vida. Y reflexionar la vida es reflexionar el yo, la existencia. Y pensar la existencia, por su parte, me lleva a pensar el ser en general, y la conexión que éste pueda tener con la divinidad. En suma, la muerte abre las puertas del asombro y de la filosofía aún a las mentes menos ocupadas en dichos temas.
Con todo, aún incluso bajo el panorama de la muerte alguien podría plantear que es posible la actitud contraria: no reflexionar sobre ella. Eso es justamente lo que ocurre en “La Metamorfosis”. Pues tras una penosa existencia como insecto al final Gregorio —herido por su propio padre— deja de comer, y con el pasar de los días y las semanas su cuerpo se va debilitando cada vez más hasta que finalmente fallece. Lo destacable aquí es la reacción de sus familiares ante el nuevo suceso. Tras una breve contemplación del cadáver y un lacónico: “Bueno, ahora podemos dar gracias a Dios” (Kafka, 2006, p.98), el padre se limita a preguntarle a la sirvienta por el desayuno y a echar a los inquilinos de casa; la madre no expresa nada y propone salir a pasear; y la hermana, sólo repara en la delgadez del cadáver y acepta la invitación de su madre. Luego, todos abandonan la casa, salen a caminar y se contentan de las nuevas perspectivas que les ofrece la vida a partir de ese momento. La muerte de Gregorio, o su propia existencia, no vuelve ya a ser tema de conversación, y las ocupaciones cotidianas se toman rápidamente le vida de los tres personajes. Kafka nos ha mostrado así, que aún ante la muerte, que como habíamos dicho es una puerta hacia lo asombroso, la metafísica naturalis puede seguir quedando refutada.
A pesar de lo anterior, hemos de rebelarnos contra la actitud de la familia de Gregorio, y destacar que en estricto rigor el cuento no es más que una ficción. Esto justamente en virtud de aquel doble cariz que le hemos asignado a la muerte, y que pasamos ahora a detallar: Por un lado la faz que mira a lo asombroso es la más fácil de comprobar. Pues pensar en la muerte implica necesariamente tomar distancia de la situación cotidiana. Cuando me pienso como mortal, veo mi vida como un todo, como si yo fuera un espectador de la misma. Y tal distancia es la que hace surgir el absurdo y consiguientemente el asombro, porque la he de comparar con mi vida cotidiana y me doy cuenta de que nada de lo que hago tiene un sentido o una explicación clara.
En el otro sentido, para entender la cara cotidiana de la muerte digamos en primer lugar, con Heidegger, que ella es un hecho propio del yo, indelegable e insustituible: Nadie puede tomarle a otro su morir (Heidegger 1997, p.261). Además, el Dasein está siempre en un estado “muriente”: “Apenas un hombre viene a la vida, ya es bastante viejo para morir” (Heidegger, 1997, p.266). Sin embargo, la actitud natural de la cotidianeidad, consiste de hecho en la negación de la muerte como un hecho propio de mi yo, mediante una aceptación superficial de la misma. La muerte es algo que “a uno le ocurre” dice la gente en la cotidianeidad, y en esa expresión se esconde un escape al fenómeno, porque ese “a uno” no es en realidad el yo (cf. Heidegger, 1997, p.273). Pero aún en esa aceptación superficial, se esconde el hecho de que “de algo” se está arrancando:
La cotidianeidad cadente del Dasein conoce la certeza de la muerte, y aún así esquiva el estar cierto. Pero este esquivamiento atestigua fenoménicamente, desde aquello que él esquiva, que la muerte debe ser comprendida como la posibilidad más propia, irrespectiva, insuperable y cierta” (Heidegger, 1997, pp. 277-278)
Así, a pesar de que en nuestra cotidianeidad escapemos de la muerte como algo propio, tal escape no logra su cometido, puesto que aún en tal caso el “Dasein cotidiano está vuelto hacia su fin” ( Heidegger 1997, p.278). Así, la muerte logra colarse en ese universo cerrado y explicado de lo cotidiano, y a partir de ella comienza a resquebrajarse esa esfera. De hecho, para Heidegger, a raíz de la concepción de la muerte en lo cotidiano nos deslizamos al verdadero sentido de la misma. Sentido que pertenece ya a la esfera de lo asombroso.
Comprendemos ahora que a partir de la muerte surge necesariamente el absurdo, a partir del absurdo nace el asombro y aquello da paso a la filosofía. Ya decía Heidegger: “filosofamos constante y necesariamente en cuanto existimos como hombres” (Heidegger 1999, p. 19) Pero en realidad ¿cómo entender esto? Pues podemos ver que libros de filosofía y discusiones de esa índole son solo asunto de unos pocos, no de todos los humanos. La razón de aquello es que lo que habitualmente conocemos por “filosofía” no es más que la aplicación técnica y sistemática a problemas de índole filosófica, los cuales todos los hombres poseen en cuanto son autoconcientes. Y dicha autoconciencia, aunque pueda esconderse por mucho tiempo, no soporta seguir oculta ante la visión de la muerte; y más aún, tampoco podemos esquivarla una vez que ha aparecido: “El modo de evitar la importante conciencia de sí mismo, sería nunca haberla tenido u olvidarla; y ninguna de estas dos cosas puede lograrse con la voluntad” (Nagel, 1981, p.48) Por lo tanto, ningún hombre puede esquivar la filosofía, aunque no al modo de una disciplina técnica y sistemática, sino tomándola como el modo de ser propio del hombre, que considera su vida trascendiendo lo cotidiano. Por ello dice Camus, que la peor parte del castigo de Sísifo[4] no es el momento en el que, sin pensar mucho, va subiendo poco a poco la roca. Lo peor es la caminata a la base de la montaña una vez que ésta ha caído, porque solo ahí se da cuenta Sísifo de lo absurdo de su misión:
“Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. (…) Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia” (Camus, 1953, p 95)
Es ese momento de pausa frente al quehacer cotidiano, esa mirada a lo asombroso de la existencia, lo que desde siempre nos ha distinguido de las cucarachas.

Bibliografía

· Kafka, Franz; “La Metamorfosis”. Buenos Aires; Losada, 2006.
· Verneaux, Roger; “Lecciones sobre existencialismo: Kierkegaard, Husserl, Heidegger, Sartre, Marcel”. Buenos Aires; Club de Lectores, 1957.
· Heidegger, Martin, “Ser y tiempo”. Santiago, Chile; Universitaria, 1997.
· Heidegger, martin, “Introducción a la Filosofía”. Madrid; Cátedra 1999.
· Rivera, Jorge Eduardo; “De asombros y nostalgias: ensayos filosóficos” Valparaíso: Universidad de Playa Ancha, Facultad de Humanidades, 1999.
· Aristóteles “Metafísica” Buenos Aires: Sudamericana, 1978.
· Sartre, Jean Paul; “El ser y la nada: ensayo de ontología fenomenológica” Buenos Aires; Losada, 1996.
· Nagel, Thomas, “La muerte en cuestión: ensayos sobre la vida humana” México; Fondo de Cultura Económica, 1981.
· Camus, Albert, “El mito de Sísifo” Buenos Aires; Losada, 2004.

[1] Fuente: www.rae.es
[2] Lo que está entre paréntesis en la cita es aporte propio.
[3] El concepto de Dasein, que ha sido traducido en otras ediciones por ser-ahí,se ha mantenido sin traducir en la edición que tenemos a la vista. Para éste trabajo, háganse equivalentes las expresiones “Dasein” y “yo”.
[4] Sísifo es según Homero, un mortal que fue condenado por los dioses a eternamente subir una roca hasta la cima de una montaña para luego verla caer y volver a subirla.

lunes, 9 de marzo de 2009

Viaje al desierto




Don Pedro despierta a las 5:45 todos los días. A las 7:00 ya está duchado, afeitado, desayunado y vestido a media cuadra de su casa esperando micro. A las 8:45 está llegando a su trabajo: un edificio del barrio alto en el que oficia de conserje y a veces de gásfiter y electricista para la innumerable cantidad de inquilinas de la tercera edad que no son capaces de cambiar una ampolleta sin pedirle ayuda.

Don Pedro está por cumlplir 60 años. Nunca se casó. De joven fue errante y desordenado. Trabajó de minero allá por el 70 en Chuquicamata. Todo iba bien hasta que se enamoró de la Rosa Fuentealba, una puta morena y de ojos verdes que volvía loco a cualquier hombre que la mirase. Durante meses Don Pedro fue cada noche a visitarla a la Casa Rosada, y se quedaba con ella por horas después del sexo, ambos fumando y mirando el techo sin decirse nada. Con el tiempo la Rosa también se fue enamorando de don Pedro e idearon un plan para escaparse. Ya estaban en el bus que los llevaría a Santiago cuando apareció Irina, la dueña del local donde trabajaba la Rosa, acompañada de dos gorilas que la ayudaban: Juan Arriagada, ex minero de 120 kilos seducido por la vida bohemia, y el Lucho, que pesaba 132 y según la leyenda había sido luchador de los titanes del ring.

A la Rosa se la llevó la Irina literalmente de una oreja a su trabajo, y a Don Pedro los gorilas le dieron una zurra que le dejó la cara deshecha, la nariz quebrada y una pequeña cojera que hasta el día de hoy da testimonio de la golpiza que recibiera por amor. Además le juraron la muerte si se le veía otra vez por Chuqui, con lo cual a Don Pedro no le quedó otra que escapar.

Anduvo de errante por todo el país, pensando a veces en la Rosa, trabajando en la construcción en Concepción, cortando árboles en Lumaco, buscando centollas en Porvenir. Sin darse cuenta cómo, se vio de 55 años en Santiago, con unos cuantos conocidos, dos amigos, y sólo tres primos lejanos a los que veía en contadísimas ocasiones. El amor para don Pedro paso a ser esa pasión que fue ahogada cuando recíen nacía. Nunca pudo recuperar aquel tierno sentimiento de juventud que sintió por la Rosa. Nunca pudo entregárselo a nadie más. Todo se difuminó entre pilsenes y dominós, partidos del colo y chácharas para matar el tiempo.

Don Pedro cumple hoy sesenta y debe trabajar, pero a las 5:50 está pegado a la cama mirando el techo, también a las 8:20 y a las 12:45. Su jefe lo llama 4 veces al celular, antes de que decida apagarlo. Por fin a las tres de la tarde don Pedro se pone de pie. Se ducha y se peina como de costumbre, pero no se viste con ropa normal de trabajo, sino con su mejor ropa: una chaqueta a cuadros que algún día le regalara su jefe en Concepción, una camisa oscura y unos pantalones beige. Luego saca de debajo de su cama una oxidada caja de metal en la que hay 4 millones 600 mil quinientos veinte pesos. Todo ese dinero es guardado cuidadosamente en un portadocumentos de cuero café, que se pone bajo el brazo. Luego de tomar dos micros y bajarse en el terminal, don Pedro siente la necesidad de comprar flores: claveles rojos y blancos. A continuación, compra un pasaje de ida hasta Calama, el cual solo sale en 3 horas más. Por lo tanto se sienta en un banco a esperar, con un sandwich de pernil, un ramo de claveles rojos y blancos y un portadocumentos con 4 millones 600 mil quinientos veinte pesos.

Al día siguiente en la noche Don Pedro ya está en Calama, sólo armado de sus claveles algo marchitos y su portadocumentos. Arrienda una pieza en una residencial y se tiende sobre la cama, vestido y sin dormir en toda la noche. Al otro día en la mañana hace dedo hasta Chuqui, y llega alrededdor de las 12:30. Cuando camina por la calle principal su estupor es inmenso. La otrora ciudad llena de vida no es ya más que un pueblo fantasma, en el que ni siquiera los perros se atreven a merodear. Hacia el fondo, un cerro de escombros se traga la ciudad como si el desierto quisiera revindicar su lugar. Don Pedro camina por la calle tantas veces caminada y dobla en la esquina en la que solía doblar cuando iba a la casa Rosada. Pero los escombros detienen su camino justo en el lugar en el que debió haber comenzado la fachada de aquel lugar que le traía tantos recuerdos. Era tarde, el desierto ya se la había tragado.

A su derecha, en una casa, un hombre lo mira con curiosidad. Don Pedro se acerca a él y ve que el hombre debe ser unos 10 años mayor. Le pregunta sin más preámbulos:
- ¿Usté conoció a la Rosa Fuentealba? Ella trabajaba aquí en la Rosada.
El hombre lo mira por largo rato. Luego responde:
- No se de quien me habla, pasaron muchas chiquillas por aquí.
Don Pedro lo mira con resignación, y luego se para frente a la ladera de escombros, lanza los claveles sobre ella, da media vuelta y vuelve a Santiago.



(Si alguien quiere criticar, por favor critique, si no uno se cree después muy livianamente que sabe escribir)

viernes, 19 de diciembre de 2008

La Borrachera

La poesía tiene que andar derechita
y no estarse enredando como suele
en fanfarrias, chimuchinas y menjunjes,
tiene que ir de frente y no de lado,
y escribirse con la sangre que sale fresquita de la ahorta
sin pasar por la cabeza,
que todo lo enfría, lo tuerce y maquilla.

Nada de andar caracoleando la palabra por ahí
ni escondiéndola para que parezca sabia,
porque la poesía es un vómito existencial,
y habla de la muerte que acogota,
de la vida que acertija,
y del amor que revuelve las tripas.

La poesía es vida que se muestra
como siempre ésta ha sido:
azarosa, espontánea, intrigante, ridícula.
Es discurso de borracho,
borracho que anda uno
de tanto estar metido en su piel.

viernes, 31 de octubre de 2008

Jerusalén, Atenas y Roma

Occidente tiene tres fuentes. Tres almas que juegan dentro de cada individuo, dentro de cada sociedad. Estas tres almas corresponden a diferentes maneras de ver el mundo y la razón de ser del hombre en él, y nacen en tres ciudades y en momentos distintos: Jerusalén, Atenas y Roma.

A Jerusalén le debemos el sentido de la trascendencia. La vida no es más que una preparación para la eternidad, y de tus obras en ella, dependerá tu destino en el más allá. Surge así una ley de Dios, expresada en los diez mandamientos, que debe ser cumplida para obtener una recompensa después de la muerte. La visión de la vida según Jerusalén, es la de una con el temor a Dios y a su ley, una vida para alejarse del pecado, y llegar a ser felices después de la muerte.

En Grecia no había libro sagrado ni casta sacerdotal. Los dioses eran muchos, pecadores, e iban y venían según su popularidad en las distintas ciudades. Por lo mismo, en Atenas la gente tenía libertad de cuestionarse las cosas, de hacerse las grandes preguntas sobre el mundo, porque las respuestas no estaban dadas de antemano en ningún libro sagrado. A Atenas le debemos por lo tanto, la visión de la vida como búsqueda de la verdad, una búsqueda que es un fin en sí mismo. Es así como nace la filosofía, pero también la ciencia que busca la verdad en lo empírico. Pero también se busca la verdad en Atenas a través de la belleza. Así nace la escultura como imitación de lo bello del cuerpo, y el teatro que evoca los sentimientos verdaderos. Así, de Atenas hemos heredado la visión de la vida como aquel lugar donde hemos de buscar lo bello y lo verdadero.

Por último, el alma práctica de occidente nace en Roma. Nada de trascendencia ni búsqueda de la belleza por sí misma. Lo que necesita el hombre es civilización. Agua fresca de los acueductos, vías por las que desplazarse rápidamente y fomentar el comercio, villas con muchos esclavos para hacer la vida más fácil. En última instancia, el hombre necesita un Estado fuerte y poderoso, que lo defienda de los ataques del exterior y le permita alcanzar su prosperidad. ¿Religión? Sí, pero la religión del Estado, aquello que nos hace más civilizados y mejores. ¿Arte? Sí, pero como una forma de dar a entender lo magnífico del emperador y de nuestros dioses, lo grande de nustra civilización frente a la barbarie. Por eso en Roma nacen los Estados como los conocemos. El Estado aegura paz y seguridad, lo que asegura comercio y dinero, y en última instancia prosperidad y felicidad.

La historia de occidente, se perfila así como la historia de estas tres almas. Nunca alcanzan el equilibrio, siempre hay una que se toma el poder y opaca a las otras, o se aseguran de gobernar juntas dejando a la tercera relegada. Eso sí, inexorablemente, el alma de occidente que es relegada, volverá cíclicamente a tomar su lugar.

El juego comienza luego de la caída del imperio Romano, de la caída de Roma. Los bárbaros asolan Europa, el comercio muere, los caminos son abandonados. Ya no hay seguridad para buscar la prosperidad, ya no hay tranquilidad para buscar la verdad y la belleza. Todo se desmorona y sólo se puede sobrevivir, confiando en la divinidad y la trascendencia, pues este mundo es frágil, pero el de más allá es eterno. Es por eso que la caída de Roma propicia el surgimiento de Jerusalén. Nacen los monasterios, lugares para olvidarse de este mundo prescindible y focalizarse en lo eterno. La iglesia pasa así a ser suma autoridad, menifestación única de Dios en la tierra. La sabiduría se va a vivir a los monsterios, algo del alma de Atenas que sobrevive allí, aunque siempre bajo las órdenes de Jerusalén. Hay en esta época algunos intentos de revivir a Roma aliada con Jerusalén (hay uno que se llama Sacro Imperio Romano Germánico, queda clara la alianza) pero en definitiva será el alma de la ley de Dios la dueña y señora de esa época.

La baja edad media marca un cambio. Los venecianos, florentinos, genoveses, acuden al renacimiento del comercio. Surge la burguesía, que es manifestación de Roma y su prosperidad. El dinero y el lujo van relegando a Jerusalén, parece que Roma va a triunfar pero... es Atenas lo que renace. Por lo mismo se llama a esta época el renacimiento. La verdad, la belleza, eso buscan Miguel Ángel y Leonardo. La belleza se busca en sí misma , aunque se esculpa al rey David y se pinte la última cena, eso sólo son motivos. Se busca la verdad por sí misma. Galileo, por su parte fragua la rebelión. Es el poder de Atenas le dice a Jerusalén: No! es la tierra la que se mueve alrededor del sol. La verdad está sobre la trascendencia. Es el primer triunfo sobre Jerusalén, que además se divide y desmorona con la reforma.

Pero Roma también quiere le suyo. Se alía con lo que queda de Jerusalén (aunque ésta ya no será la misma, es ahora sólo la comparsa)y nacen los Absolutismos. Dios le ha dado el poder al rey, y él gobierna sobre sus súbditos. Roma renace con fuerza y la divinidad solo apoya el poder de los reyes. El verdadero rey es el rey Sol en Versailles, aunque se rodee de cruces. El estado y la riqueza, para honrar a Dios. He ahí el sentido de todo.

En Francia, sin embargo, se gesta una nueva revolución, que nos acompañará hasta nuestros días. Libertad, Igualdad, Fraternidad: Atenas! Atenas! Atenas! ¡muerte a Jerusalén y Roma! que nazca el hombre libre del ágora. La ilusión, sin embargo es sólo momentánea. Sin Roma Atenas no sobrevive, y a la revolución sobreviene el Imperio de Napoleón. Es Roma la que regresa y no Atenas, aunque su alianza ya no es con Jerusalén como en los absolutismos, la alianza es con la Atenas de la verdad y la belleza, con la Atenas de la ciencia.

El siglo XX no es más que manifestación de aquello. Atenas trabaja para Roma, la ciencia para la tecnología, el dinero y la prosperidad. Jersusalén que va cayendo en el olvido y solo se piensa en dinero y felicidad terrenal. El Estado que nos asegura prosperidad, y la ciencia que va detrás mejorándonos la vida. La utopía de la felicidad absoluta sin requerir a Jerusalén se toma el mundo. Stalin y Hitler. Capitalismo y Marxismo, no son más que una misma Roma.

Pero las almas de occidente se turnan el poder. Y ya se vislumbra que la útopia Romana se cae a pedazos. Atenas se siente oprimida y vejada. La búsqueda de la verdad se transformó en ciencia, luego en tecnología y finalmente en búsqueda del confort. Comodidad fría de incipiente de edificos de cristal y aires acondicionados. El golpe es pragmático, la supremacía de Roma puede destruír al mundo. Atenas ya no quiere más ser utilizada por ese dictador, ¡la belleza la belleza! ¡la verdad, la verdad! es el grito de Atenas que quiere desgarrar a Roma. Por su parte Jerusalén que yace olvidada, que parece estar solo esperando una nueva caída de Roma, como en la edad media, para volver a ser poderosa.

martes, 28 de octubre de 2008

¿Qué es la Ética? Parte 1

Advertencia previa: Hay una visión de la filosofía que se manifiesta cada vez que le digo a alguien lo que estudio. Dicha visión podemos resumirla en pocas afirmaciones: La filosofía no sirve para nada. La filosofía es oscura y enredada. La filosofía es para gente que anda pensando cosas alejadas de la realidad.
Para rebatir esas afirmaciones, estoy escribiendo lecciones de filosofía amenas, sencillas, pero no por eso no relevantes o profundas. Acá va la primera lección:

¿Qué es la ética?

Si hiciésemos una encuesta en el Paseo Ahumada preguntando, no una definición, pero al menos ciertos conceptos relacionados con ésta palabra, de seguro se diría moral, bien y mal, deber. Quizás algún informado podría decirnos felicidad y paremos de contar.
Lo que haremos a continuación será una pequeña navegación a través de las palabras. De un significado iremos pasando al otro y, sin quererlo llegaremos a puerto y veremos si la gente del Paseo Ahumada está o no en lo correcto. Las palabras son más mágicas de lo que pensamos, nosotros las utilizamos livianamente, sin saber lo que ellas ocultan y lo que son capaces de mostrarnos si les ponemos un poco de atención. Pero esto último, el lector lo irá descubriendo en la navegación misma, por lo que no es necesario ahondar más en el punto.
La primera palabra de nuestro viaje, nuestro Puerto de Palos es justamente ética. ¿Cuál es su origen? La palabra ética es la forma española de una antigua palabra griega: éthôs. Si yo hiciera un viaje a Grecia hoy, y le preguntara a cualquier persona lo que esto significa, me diría carácter, o algo similar. Y bien, lo que debemos saber entonces es qué es el carácter y el sentido común nos dará esa llave. Si preguntáramos nuevamente en el paseo Ahumada qué significa carácter. Creo que la respuesta más común sería forma de ser. Debemos poner atención a esta última expresión. ¿Qué significa que alguien tenga una forma de ser? Bueno, nos dice en realidad dos cosas: primero, que una persona es, segundo que es de una determinada manera. Seguramente a alguno de los lectores esto le parecerá extraño, pues resulta que la primera observación que hemos hecho, pareciera ser demasiado elemental para siquiera mencionarse. El hecho de que algo sea, es demasiado obvio y básico para ser tomado en cuenta. Por ahora simplemente daremos por correcto la primera afirmación que se ha hecho respecto a la forma de ser, pero que quede claro que esta especie de cristal transparente que es justamente el que las cosas sean, debe ser analizado en profundidad en otra ocasión, puesto que es un aspecto central de la filosofía. Vamos entonces simplemente a dejar sentado el primer punto y nos avocaremos de lleno al segundo.
¿Qué significa que alguien sea de una determinada forma? Veámoslo más claramente mediante ejemplos: ¿Qué formas de ser conocemos? Pues bien, alguna gente es alegre, otros son tristes, los hay tolerantes e intolerantes, pesados o simpáticos, sensibles o insensibles, pacientes e impacientes, etc. Lo primero de lo que nos damos cuenta, es que al parecer, las formas de ser se presentan como binomios, vale decir en parejas opuestas. Ése es un tema relevante pero no por ahora, lo que quiero que pensemos es qué hace a alguien ser pesado, o simpático o cualquier otra forma de ser. Vale decir, ¿en virtud de qué cosa podemos afirmar que alguien cae en una calificación determinada? ¿Por qué decimos que Juan es pesado? ¿Que Pedro es tímido? ¿Que Alberto es intolerante? Luego de pensarlo un poco, nos daremos cuenta de que podemos decir estas cosas en virtud de actos que esas personas realizan. Tomemos aquí a las palabras también como actos (son actos del habla), y nos damos cuanta que sólo mediante actos sabemos algo de las personas que nos rodean. No tenemos idea (salvo gente con poderes especiales si es que los hay) de lo que las personas piensan, sólo podemos percibir lo que se hace. Así, una persona tendrá una forma de ser, en virtud de ciertos actos asociados a esa forma de ser.
Ahora bien ¿acaso todos los actos que una persona realiza le otorgarán una forma de ser? O más bien, ¿debemos distinguir entre ciertos actos que lo hacen y otros que no? La respuesta debe necesariamente ser la segunda, y el asunto quedará aclarado mediante el siguiente ejemplo: Supongamos que hay una persona que es hombre de familia, que tiene una muy buena relación con esposa e hijos, que es apreciado por gran cantidad de amigos, vecinos e incluso por su suegra. Un día su auto se echa a perder, lo que lo hace llegar tarde al trabajo, al llegar su jefe lo despide, mientras vuelve a su casa un auto le salpica barro y mancha su ropa, luego un perro lo muerde y finalmente llega a su casa y le responde de muy mala manera a su señora al saludarlo. En el ejemplo que hemos graficado ¿podríamos decir que esa persona, en virtud del acto de contestar mal, es impaciente o intolerante? Todos contestaríamos negativamente. Ahora bien, la pregunta es ¿por qué? Quizás porque las circunstancias que le rodean, de alguna manera lo “justifican” para reaccionar de esa manera. Creo, sin embargo que las circunstancias no son el asunto central. Porque si hubiese alguien que fuera en extremo violento, pero estuviera constantemente en relación con la violencia por ejemplo, al interior de su familia, esto no obstaría a que le llamásemos violento de igual manera. En consecuencia lo que hace la diferencia entre los actos, para que algunos de ellos “atribuyan” formas de ser, o sean capaces de poner letreros en la espalda de las personas es el hecho de repetirse en el tiempo o no.
Los actos que repetimos constantemente en nuestras vidas, han sido llamados hábitos. Y podemos decir que existen dos tipos de hábitos: los hábitos buenos y los hábitos malos. En filosofía y en la vida cotidiana también se le conocen como vicios y virtudes. Un hábito es, como decíamos, una acción que una persona realiza de manera constante y repetitiva en el tiempo, tales actos son los que le atribuyen formas de ser, o que modelan lo que llamamos carácter. Así, si yo tengo el hábito de tratar bien a la gente, se podrá decir que mi carácter es amable, y si por el contrario yo no trato bien a la gente, el ser grosero puede ser parte de mi carácter.
El hecho de que yo tenga un carácter específico, determina mi accionar, aunque no de forma absoluta. Esto es así porque como todos sabemos, quien tiene un hábito se encuentra más inclinado a persistir en él que a abandonarlo. Así, si yo no como mariscos, lo más probable es que siga sin comer mariscos, y esto se da principalmente porque tengo una costumbre. Ahora bien, alguien podría argumentar que lo que ocurre en ese ejemplo no es que yo no coma mariscos porque no estoy acostumbrado a hacerlo, sino que derechamente los mariscos no me gustan. Tal argumento es interesante, puesto que nos pone a pensar qué es lo que hace que algo me guste o no, y esa pregunta, es medular en la ética.
Pero antes de responderla podemos cambiar el ejemplo de los mariscos, para aclarar un poco las cosas: Supongamos que yo he crecido en una familia violenta y mal constituida. Eso me va a inclinar definitivamente a ser una persona violenta y poco virtuosa. Pero ¿ocurre acaso que yo no tengo alternativa alguna? Si así fuese, los delincuentes no serían jamás culpables –como por lo demás planteaba una corriente de pensamiento a principios del siglo XX- la sociedad, por lo tanto, no podría meter presa a la gente que actúa mal porque ellos no son de forma alguna los culpables, si no sus circunstancias. Pensemos también en conductas morales: nadie se encontraría en el derecho de reprocharle a otro su conducta, ni siquiera un cura o tu abuela, puesto que no tenemos libertad de elegir lo que hacemos, sino que somos siempre arrastrados por las circunstancias.
En esa postura consiste el “determinismo”. Personalmente creo, que por las razones expresadas anteriormente y otras que no vale la pena mencionar, la postura determinista es extremista y poco adecuada, porque niega la libertad. Que es un elemento central de la ética. Sobre ese concepto y lo que podamos decir de él, seguiremos hablando en la siguiente lección

viernes, 24 de octubre de 2008

Mujer Barbuda


Acá otra muestra del humor gráfico que yo invento y mi polola diseña. Más en www.delsombrerodelmago.blogspot.com

martes, 21 de octubre de 2008

La vida según Da Vinci

La vida es un horizonte abierto. Sobretodo cuando se es joven y no hay que preocuparse de cuidar hijos ni atender responsabilidades mayores, y considerando también que lo que queda por delante es (en teoría) mucho más que lo que se ha avanzado. Pero el problema de los horizontes abiertos es que si se usan, se cierran. Así, de nada sirve contemplar las infinitas posibilidades existentes si no se elige una. La elección, implica sobretodo una renuncia a aquello que no se eligió. El problema es entonces que para utilizar el horizonte abierto, necesariamente debe irse cerrando el mismo.
Para algunas personas ésta problemática no es tal. Son los estúpidos y los arrebatados por la pasión. Los primeros, porque ni siquiera se dan cuenta de las opciones que se les van cerrando, se dejan llevar apaciblemente por lo que les deparen las circunstancias sin notar que lo que ya se eligió se hace perpetuo y definitivo (porque el volver a rehacer algo implica que ese algo ya se hizo antes, y esto es perpetuo). Es la dicha del estúpido que no se da cuenta que el tiempo va jalando con cada segundo el deadline. Debo reconocer que a veces envidio a los estúpidos, justamente por esa dicha que tienen de no darse cuenta de lo que están haciendo. Esa envidia se termina sin embargo, cuando pienso en un estúpido en su lecho de muerte, mirando retrospectivamente su inútil y poco aprovechada vida.
Las otras personas a quienes no les importa cerrar su horizonte, son los arrebatados por la pasión. Ellos están tan focalizados en realizar aquello que les apasiona, que no les importa ir cerrando sus posibilidades, porque están convencidos de estar eligiendo la mejor de ellas. Reconozco una tremenda envidia por este tipo de personas, por el futbolista promesa, el que quiere ser cantante, o tener mucho dinero, o tocar el violín con maestría y en fin, por todos aquellos alienados del dilema propuesto, por una pasión que les arrebata. Creo sin embargo, que jamás llegaré a ser una de estas personas, simplemente porque no he encontrado tal pasión alienante y he llegado a pensar que simplemente no existe alguna para mí.
Ante el problema que se ha planteado, las garras de Sartre se afilan y regocijan al ver que tienen una nueva víctima. En mi caso, éstas vinieron en hace mucho en su versión latinoamericana “Rayuela”, pero el efecto es el mismo. Se ve como única solución posible la contemplación de lo inevitable, el recogimiento del alma que se resiste a utilizar su horizonte, aunque bien sabe que aquello de nada le sirve y sólo le angustia más. La inacción pasa entonces a ser bandera de lucha, y lo único importante es a fin de cuentas, tener conciencia de cada segundo que se pierde en el olvido y nos acerca a la muerte.
Poco a poco, he ido saliendo de ese círculo agobiante. El paradigma que hoy me llama, es el de Da Vinci. Lo quiero todo, odio el discurso de que la especificidad es lo más importante hoy en día. Yo simplemente quiero ser un salpicón, uno que poco apriete porque todo lo abarque. Quiero ser deportista, quiero ser intelectual, quiero ver “rojo” y “la belleza del pensar”, leer a Platón, a John Grisham, a Dan Brown, a Kafka, a Dotsoievsky, a Parra, incluso a Paulo Cohelo. Quiero aprender a amar la música clásica sin dejar de lado el hip-hop, el rock de los ‘90 y el reggeton, quiero tener sentido social y consumirme a veces en mi egoísmo, quiero amar el futbol y el rugby, ver ESPN y Fox Sports por tardes enteras. En otras ocasiones ver Discovery, History Channel o National Geographic, quiero ser un abogado exitoso con buen auto, quiero ser filósofo sin auto, trabajar en París de barrendero, conocer China, ir a un Resort todo incluido en Cancún, correr desnudo por una calle de Nueva York, rezar en la India. Quiero ver todas las películas de Kubric y alegrarme sin culpa por el final feliz de una comedia romántica. Quiero ser feliz y desdichado, tener un perro, aprender a apreciar a los gatos, hacer surf, jugar póker, ser bombero, lanzarme en paracaídas, recogerme a leer y escribir por años. Lo quiero todo, quiero ser Leonardo.

lunes, 20 de octubre de 2008

Ensayo sobre la ceguera

Se viene el estreno de "La ceguera" del buen director Brasileño Fernando Meirelles (Ciudad de Dios es una de mis películas favoritas) A propósito de ello voy a hablar del libro en el que se basa: "Ensayo sobre la ceguera" del portugués y nóbel de literatura 1998 José Saramago.
La novela la leí hace 3 o 4 años, pero no importa que haya pasado tanto tiempo porque los buenos libros no se olvidan y éste es de los buenos. La premisa del libro es muy simple: Una enfermedad terrible deja a la gente de un país ciega, y esa enfermedad se propaga como una epidemia tan rápida como un resfrío cualquiera.
En base a aquello, el libro se desarrolla entonces como un "que pasaría si..." la gente va quedando ciega y los internan para evitar la propagación de la enfermedad, y de ahí en más todo es supervivencia. Los personajes son sencillamente superados por una trama que los envuelve y zamarrea, son pequeños botes a remos en medio de la tempestad, hombres que deben adaptarse a perder aquello que antes se tenía sin siquiera saberlo.
El mérito del libro está -para mí- justamente en esa relación entre personajes y sucesos. A fin de cuentas "Ensayo..." nos enseña un mundo diametralmente opuesto a la maquinita sicológica y dominadora de Dostoievski. El hombre no es hacedor de su destino ni superhombre ni ser que decide racionalmente. El hombre es uno más de los sucesos, y su animalidad (tan vilipendiada por los afanes de la razón) no ha decaído ni ha retrocedido un centímetro desde los cro-magnon. El libro nos muestra que a fin de cuentas seguimos siendo más animales de lo que pensamos, buscando cómo sobrevivir y respondiéndo a nustros estímulos básicos: el hambre y el sexo, la protección de los cercanos y el impulso de vivir a toda costa.
Esperemos que la película le haga el peso a esta fascinante novela.

Blaise Pascal (1623-1662)

Pocas mentes han sido tan privilegiadas por la naturaleza como la de Blaise Pascal, y pocas veces el reconocimiento a un genio de su talla ha sido tan exiguo.
La vida de Pascal es una chispa de genialidad. Por una parte, su cuerpo lo hizo sufrir cada día desde los 18 años hasta el día mismo de su muerte, por culpa de una gangrena intestinal (¿Habrá algún patrón o relación entre cuerpos sufrientes y mentes brillantes? Nietszche y Dostoievski son dos ejemplos más). Pero su mente no conocía límite alguno.
Cuando era pequeño -su padre que era aristócrata e interesado por la ciencia- creó un plan de estudios para el pequeño Blaise, reservando las matemáticas para cuando cumpliera 15 años. Pero el pequeño Blaise no aguantó y fue encontrado de 12 años trazando triángulos en el piso de la cocina, y descubriendo por sí solo los teoremas de euclides. Ahí comenzó su pasión por la matemática, que lo llevaría a escribir a los 16 un famoso tratado de las secciones cónicas (no sé lo que será eso pero suena dificil) Luego, a los 17 o 18 se le atribuye a Pascal, la creación de la primera máquina de calcular, aparato que era capaz de desarrollar las cuatro operaciones básicas y se considera el primer antecedente de la computación actual. Luego se avocoó a la física, y desarrolló las leyes de la presión del aire que se utilizan hasta ahora (la medida de presión del aire es actualmente el Pascal). También desarrolla una de las primeras teorías de la probabilidad, que se ponría muy en boga en la filosofía de la ciencia de fines del siglo XX.
Pero la ciencia no contentaba a Blaise Pascal. Sentía que el saber científico era progreso carente de alma. Era necesario dirigirse a la filosofía, y buscar respuestas en una vida de incertidumbres. Comienza así la etapa intelectual de Pascal.
Por fin, un día, Pascal tiene una revelación divina, regala sus bienes, vive de errante y en conventos y escribe sus pensamientos. y cartas provinciales (consideradas la obra precursora de toda la prosa francesa que se alejaba lentamente del latín) Muere en 1662 aquejado de los dolores que lo perturbaron toda una vida.

A continuación presento fragmentos que hablan de la genialidad de Pascal, a quien he querido hacer este humilde homenaje. Su obra filosófica es desordenada y fragmentaria, puro impulso, pura chispa de genialidad. Las siguientes frases fueron elegidas por mí (nada de buscar citas chantamente) de Pensamientos. Cada letra rebosa en genialdad, juzgue usted mismo:

  • Mofarse de la filosofía es verdaderamente filosofar (nota: díganselo a Wittgestein)
  • Pensamiento escapado, yo quisiera escribirlo. Escribo en lugar de ello que se me ha escapado
  • Y si los médicos no tuvierasn sotanas y mulas, y los doctores bonetes cuadrados y togas demasiado amplias de cuatro partes, nunca hubieran engañado al mundo.
  • El tiempo cura los dolores y las querellas, porque se cambia, no se es la misma persona. Ni el ofensor ni el ofendido son los mismos (nota: Ya lo decía Heráclito y su río)
  • Cada uno es todo para si mismo, porque muerto él, todo ha muerto para él. Y de ahí viene que cada uno crea ser todo de todos.
  • Lo que me sorprende más es ver que nadie se sorprenda de su debilidad. Se obra seriamente , y cada uno sigue su condición, no porque sea bueno, en efecto, el seguirla, sino porque es moda; pero como si cada uno supiera ciertamente dónde está la razón y la justicia.
  • Feliz quien puede, de nada admirarse.
  • Diversión: No habiendo podido los hombres remediar la muerte, la miseria, la ignorancia, han imaginado, para volverse dichosos, no pensar en ello.
  • Corremos descuidados hacia el precipicio, después que hemos puesto delante de nosotros alguna cosa para impedirnos verlo.

jueves, 9 de octubre de 2008

La juventud de estos días...



Entrega 2... tiembla Montt